Canción triste de la trituradora

01.11.2015 | Opinión

La mesa tiene que ser amplia. La silla, ergonómica. El ordenador, de pantalla grande. La impresora, rápida y silente… En las oficias coinciden esas piezas de mobiliario y esos instrumentos para generar correos, informes u otros documentos. Pero, a menudo, las oficinas acogen también mecanismos destructores. Entre ellos, la trituradora: ese cajón bibliófago, de boca rectilínea y dientes ocultos, capaces de rasgar el papel hasta reducirlo a nada, irreversiblemente.

En días recientes hemos oído hablar mucho de trituradoras (y de maletines, cajas fuertes y registros). En concreto, de la trituradora del tesorero de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC). La Guardia Civil, que investiga el caso del 3% sobre la supuesta financiación ilegal del partido, descubrió en ella restos que valora como pruebas: papeles con el membrete de una constructora que habría hecho donaciones a CDC y sus fundaciones a cambio de contratas de obra pública. Alguien creyó conveniente destruir esos papeles. Pero fracasó: tras su paso por la trituradora, la policía los supo recomponer.

Cualquier trabajo es más fácil si se dispone de las herramientas idóneas. La trituradora del tesorero no era una de ellas. Estaba, dicen, anticuada. No destruía a conciencia. Diría que quienes necesitan trituradoras las eligen con criterios de proporción directa. Cuanto mayor es la confidencialidad de la documentación a eliminar, más fiable debe ser la capacidad destructiva de la máquina. ¿Por qué no fue así esta vez? ¿Por desidia? ¿Por no hacer la “feina ben feta”? ¿Por deshacerla mal?

Conviene señalar que la industria del ramo cumple su parte con creces. La demanda debe ser floreciente, porque la oferta de trituradoras, procedentes de diversos países, es hoy extensa y variopinta. Empieza con trastos a la venta por poco más de 20 euros, que pueden fagocitar unos pocos folios por minuto, pero por cada dos de trabajo deben reposar veinticinco, para que no les dé el calentón en el momento inoportuno. Sigue la oferta con aparatos omnívoros, que destrozan por igual, y a un tiempo, papeles, cedés, tarjetas de crédito, clips o grapas. Y, en el otro extremo se nos brindan, ya por miles de euros, armas de destrucción masiva, voraces, insaciables, de deposición ininteligible, que se anuncian así: “Con capacidad para 10.000 hojas al día, 20 simultáneas, reducidas a partículas de 5 x 5 milímetros. Robustas y fiables. Hechas en Alemania”.

¡Ay, Alemania! Ya no es lo que era, ¿verdad? Tras las marrullerías de Volkswagen y del Deutsche Bank, tras las sombras de corrupción sobre el coloso Beckenbauer, el prestigio del país centroeuropeo se ­tambalea. Pero quien tuvo, retuvo: donde estén sus trituradoras de altas presta­ciones –¡10.000 hojas diarias reducidas a microconfeti!–, que se quiten las de corte vertical, que producen tiras de papel, muy finas, sí, pero que a base de horas permiten recomponer el documento hurtado al ­escrutinio ajeno. E incluso las de corte cruzado que no pulverizan los residuos.

En fin, no quisiera convertir esta nota en un elogio de la máquina tragona. Más bien pretendo lo contrario: escribir la canción triste de la trituradora. Cuando descubro una en un despacho, albergo de inmediato sospechas sobre su ocupante y la parte inconfesable de su trabajo. Los fabricantes de trituradoras las venden –afirman– para proteger nuestra información personal de los llamados ladrones de identidad, que quieren esquilmarnos. Pero no es menos cierto que las trituradoras sirven para ocultar y destruir documentos reveladores de que alguien, en su actividad, fue más allá de la ley y causó perjuicio a terceros. Un perjuicio que en el caso del 3% es contable. Y que también debe serlo en el de los ERE andaluces. O en el de la tesorería del PP de Bárcenas. O en el de la trama Gürtel. O en tantos otros casos de corrupción en los que se lucran los deshonestos y se financian partidos, con unos costes que a la postre pagamos entre todos.

Por ello, las trituradoras no sólo devoran papeles, cedés o clips. También devoran el buen nombre de su usuario. A gran velocidad. Antaño, uno echaba un mazo de cartas al fuego purificador y observaba su lenta combustión. Las hojas de papel se retorcían, amarilleaban, se carbonizaban y se reducían a ceniza mezclada con la de la leña, que luego –ya enfriada– se esparcía al viento. La trituradora es el atajo hacia la desaparición de papeles, inertes pero elocuentes y peligrosos. Es la pira en la que arden pruebas acaso delictivas. Es el vergonzoso envés de esa transparencia de la que se ufanan partidos incapaces de colgar todas sus cuentas en la red y de retirar todas las trituradoras de sus despachos.

La trituradora es pues un emblema de nuestro sociedad, de sus falsedades or­wellianas, de su afán por ocultar y destruir lo impresentable (más que por dejar de hacerlo). Y es, también, un reflejo de su fracaso, porque destruye el prestigio de sus usuarios, pero a veces no puede con los papeles. Menuda chapuza. Y qué tris­teza.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 1 de noviembre de 2015)