Broche del Tricentenari

28.12.2014 | Opinión

Dentro de tres días acabará el año del Tricentenari. Los inmediatamente anteriores se nos fueron en proclamas, manifestaciones y preparativos para convertir 2014 en una etapa decisiva del camino hacia la independencia catalana. Pero llegamos a su término y no parece, pese a los muchos esfuerzos y recursos públicos invertidos, que la meta soñada esté a la vista. Los últimos sondeos revelan un retroceso del independentismo. Aflora el desacuerdo entre partidos y también en el seno de las asociaciones soberanistas. E incluso la nutrida manifestación del Onze de Setembre, tan estrictamente uniformada y coreografiada, se revela insuficiente.

Este retraso no está sentando bien a los líderes independentistas. En particular, a los que reclamaban la secesión con carácter de urgencia. Por ejemplo, a Oriol Junqueras, el presidente de ERC, a quien ya hemos visto en algunas actitudes poco apropiadas para sumar apoyos. No voy a referirme a las relativas a su presencia física, por más que puedan dar mucho qué hablar su corte de pelo trapense, su mirada entre sonámbula e inquietante, y la botonadura de la camisa a punto de estallar, incapaz de contener un segundo más su prominente abdomen. Tampoco me referiré a su retórica, tan adecuada para un alumnado de secundaria. Pero sí diré que, al menos en dos ocasiones, los acontecimientos han parecido superarle y le han hecho perder la compostura.

Una de esas ocasiones llegó en el curso de una entrevista radiofónica, cuando Junqueras casi se echó a llorar y a implorar la independencia, como un niño que recurre a la sensiblería para lograr lo que es incapaz de conseguir con argumentos más convincentes. La otra ocasión llegó pocos días atrás, cuando el republicano propuso a su rival, el convergente Artur Mas, cederle la presidencia de la Generalitat aún en el caso de que ERC fuera la fuerza más votada en las próximas elecciones. Puedo entender que, con este paso atrás, quisiera indicar que prioriza el logro de la independencia sobre cualquier otro objetivo, ya sea el lucimiento personal, la regeneración democrática o la paulatina corrección de las muchas desigualdades sociales. Y que a tal fin sea capaz de sacrificar sus propias ambiciones (y, de paso, nuestra ilusión por tener a un presidente de la Generalitat con los faldones de la camisa por fuera de los pantalones). Pero me temo que su iniciativa lanzó también un mensaje insólito y decepcionante. El de una especie de Bartleby de la política capaz de navegar por ella con viento de popa, pero inclinado a ceder rápidamente el timón cuando llega la hora de asumir todas sus responsabilidades; de decir “no, prefiero no gobernar” cuando se presenta la deseada ocasión de hacerlo. En suma, Junqueras ha puesto un curioso broche al año del Tricentenari, mientras la emergencia de Podemos sigue nublando el horizonte soberanista.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 28 de diciembre de 2014)