Días atrás La Vanguardia publicó en portada una foto tomada por el montañero Nirmal Purja a poca distancia de la cima del Everest. Quienes no la hayan visto quizás imaginen un paisaje majestuoso, de intensos blanco y azul, donde el ser humano se impone con esfuerzo supremo a la Naturaleza. Pero quienes la han visto saben que inmortalizaba –es un decir: alguno palmó al bajar– a un centenar de escaladores apretujados, formando cola en la cornisa final, la “zona de la muerte”. Todos ellos a la espera –que podía durar hasta hora y media– de que quienes habían alcanzado la cima, una plataforma de ocho metros cuadrados, rodeada de precipicios de vértigo, la desalojaran y se la cedieran un minuto. En otras palabras, el Everest registra aglomeraciones que evocan las de Benidorm.
Hacer cola es siempre una lata. Pero no es lo mismo hacerla para acceder a la playa que a ocho mil metros de altura. Allí arriba uno corre riesgos mortales: por edema pulmonar, edema cerebral, hipotermia, extenuación o porque se te agota el oxígeno de las botellas, te atontas y no logras volver vivo al campo base.
El Everest se ha cobrado la vida de unas 200 personas. En lo que va de año han muerto ya no menos de once, cifra récord, salvo en 2015, cuando una avalancha mató a veintidós. Montañeros expertos atribuyen en parte el elevado balance de este año a los atascos. También a la inexperiencia de muchos escaladores y a la codicia de Nepal, que se lucra dando permisos de ascensión a porrillo.
Antes de que en 1953 Hillary y el sherpa Tenzing fueran los primeros humanos en pisar el Everest, otros lo intentaron, atraídos por una fuerza irresistible. George Mallory, que en 1924, equipado con una gruesa chaqueta de tweed, murió al subir o bajar del Everest, justificaba su deseo de escalarlo en la frase “porque está ahí”. Eran tiempos de aventuras heroicas y exploraciones inéditas. Hoy ya no quedan paraísos perdidos porque, paradójicamente, cuanta más gente los frecuenta menos paraíso son.
Respeto a quienes aman la montaña. Pero compadezco a los que, excitados por el deseo de superación o de emulación, guiados por la insensatez, y animados por sus cartera y por agencias de viajes desalmadas, creen que su vida carecerá de sentido si no coronan al Everest. A pesar de que la paz de la cumbre escasea. Y de que la solidaridad que llevaba a un alpinista a renunciar a la cima para auxiliar a un colega caído ha dejado paso a conductas barriobajeras: en los atascos hay codazos, insultos y criminales robos de botellas de oxígeno. Miseria de altura.
Desafío por desafío, mejor Benidorm que el Everest. Las selfies no molan tanto, vale. Pero riesgos no faltan en la costa. El atasco está también garantizado, hay peligro de melanoma y de ingerir alcohol de garrafa, y es posible tropezar con María Jesús y su acordeón interpretando Los pajaritos. Es el progreso: ya no quedan lugares seguros al ciento por ciento. 

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de junio de 2019)