Bajo el epígrafe La foto del lector, se publica en las páginas de Opinión de este diario una imagen que no ha sido tomada por fotógrafos de la casa o de las agencias informativas, sino remitida por un particular. Por lo general, son fotos-denuncia que interpelan a las autoridades municipales y les afean su deficiente gestión. Retratan, por ejemplo, montones de basura o motos a medio desguazar que se eternizan en una calle de la ciudad; o vehículos mal estacionados que impiden el paso; o señales contradictorias y por tanto absurdas que lejos de cumplir su función orientativa confunden al peatón o al automovilista. El repertorio es amplio y, al parecer, inagotable. Quizás porque los consistorios están muy ocupados defendiendo ideologías superiores y no pueden ocuparse debidamente del día a día. O quizás porque, como bien saben los teóricos del caos, los sistemas –y no digamos los seres humanos– tienden al desorden.
El martes se publicó en dicha sección la foto de un comercio palmesano, atinadamente bautizado Tot Futbol, de cuya fachada pendía a modo de anuncio y reclamo una colección de camisetas del Barça, el Real Madrid o el Mallorca. Por encima de ellas colgaba un variado surtido de banderas: la española republicana, la española del toro bravo, la estelada, la española constitucional, la de la Comunidad Balear y la enseña arcoíris del colectivo LGBT. No es esta una estampa inédita. Se suele ver en los comercios chinos que expenden baratijas. Pero tanto la coexistencia pacífica de las banderas como su relación con las equipaciones deportivas invitan en dicha foto al ensayo recreativo. Allá vamos.
La imagen nos dice, entre otras cosas, que las banderas –meros retales textiles, y al tiempo insignias de una nación o un bando– pueden convivir una junto a otra sin que se hunda el mundo, aunque en nuestras calles proclamen, con profusión epidémica, un deseo de enfrentamiento. También nos dice la imagen que hoy las banderas, o muchas de ellas, se venden y se compran. También que las fabrican y las despachan avispados industriales y comerciantes cuya enseña más querida no es probablemente ninguna de las ofertadas, sino su cuenta de resultados. También nos sugiere que las tornas han cambiado y el fútbol ya no es un sucedáneo de la guerra entre ciudades o naciones: ahora las banderas nacionales, políticas o sociales ya parecen un sucedáneo de las camisetas futbolísticas, puesto que arropan enfrentamientos cada día más torpes, tediosos y groseros. Así lo indican los argumentos con que se defienden dichas banderas,  más propios de la pasión futbolística que de la dignidad parlamentaria. A decir verdad, ya casi todas las banderas parecen de conveniencia, porque se izan con más interés o afán divisorio que por la convivencia...
Acabaré recordando que las banderas pueden ser arriadas. Salvo la que en la playa nos invita a  bañarnos sin miedo en un mar que todavía es de todos. De momento.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de enero de 2019)