Babel acecha

22.11.2015 | Opinión

La semana pasada asistí en Madrid a una función de La lengua madre. Es un monólogo escrito por Juan José Millás e interpretado por Juan Diego, que se escenificó por primera vez a fines del 2012. Decir escenificar quizás sea mucho, porque sobre el escenario sólo hay una mesa, una silla, una lámpara, un jarrón, un vaso y unos papeles. Además, claro, de Juan Diego, que encarna a un profesor despistado, pero de léxico y sintaxis impecables, presto a conferenciar sobre las palabras. Con un objetivo: homenajearlas por lo que tienen de útil de convivencia y de patrimonio común, cosa que hace con lucidez y humor cáustico.

No es de extrañar que esta pieza teatral, estrenada tres años atrás, se reponga. Hoy la palabra está rodeada de enemigos, recibe ataques por todos los flancos. Incluso por donde más se la debería proteger. Verbigracia, el diccionario de la Real Academia Española, que la define de modo abstruso: “Segmento del discurso habitualmente unificado por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final”.

La palabra y la lengua resisten. El mercado –dice Millás por boca de Diego– ha transformado todos los órdenes, desde el social al económico, pasando por el político, pero no ha podido con el alfabético, que se mantiene pese a ser el más arbitrario. Sin embargo, proliferan los ataques. Tanto entre los intelectuales como entre los asnos. Jacques Lacan terminó una lección magistral en el Collège de France con esta pregunta: “¿Alguien ha entendido lo que he explicado?”. Y cuando un incauto levantó la mano y dijo que sí, Lacan le reconvino: “Entonces es que no ha entendido nada”.

Tampoco los estructuralistas confiaban en el lenguaje. Sostenían que el poder lo había envenenado, corrompido y sojuzgado. Algo de eso había. Pero, sin lenguaje, ¿cómo vamos a convivir?

Hoy ya no hace falta ser un maître à penser para disparar contra el lenguaje. Hoy todos lo hacen. Lo hacen los activistas pro-minorías, que lo retuercen y trufan con nuevos dogmas o leyes. Lo hacen los jóvenes crecidos en la era de las pantallas, que pese a estar siempre conectados no tienen tiempo para escribir las palabras enteras y las mutilan lastimosamente. Lo hace la fauna de la tele basura, cuya habla oscila entre lo menesteroso y lo miserable. Lo hacen los economistas que dicen ingeniería financiera en lugar de saqueo premeditado, los políticos que dicen crecimiento negativo en lugar de ruina colectiva y los militares que denominan fuego amigo al error letal.

Esta carrera hacia el sinsentido tiene una fase superior, propia de conflictos enquistados, en la que ya no basta cercenar, torturar o invertir significados de palabras, y se subvierte el sentido de discursos enteros; en la que, diga uno lo que diga, su contrario lo interpretará como le dé la gana, preferentemente al revés.

Babel acecha de nuevo. Y ya sabemos cómo acabó Babel.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de noviembre de 2015)