Atracón de series

12.04.2015 | Opinión

Si no ves series, no eres nadie. Los relatos televisivos por entregas se han convertido en un tema de conversación recurrente. Quien no las sigue empieza a sentirse como un marciano cuando, en una sobremesa cualquiera, las andanzas del mafioso Tony Soprano, del presidente Frank Underwood o del sargento Nicholas Brody monopolizan la charla; cuando comensales de toda condición e intelecto discuten sobre títulos favoritos o comparten su impaciencia por visionar la próxima temporada de True detective o la última de Mad men.

Todo quisque parece familiarizado con el formato de narración en boga. Y quien se mantiene orgullosamente ajeno a esta corriente central de la cultura popular lo manifiesta ya con convicción menguante y temor creciente a estarse perdiendo algo de interés.

Las series televisivas son desde hace lustros narraciones audiovisuales de enorme predicamento. En un período en que Hollywood parecía perdido en su laberinto de cine de acción, superproducciones y secuelas, las series recuperaron la empatía del espectador y abrieron un nuevo ámbito de negocio. Es cierto que así fue. Acaso porque empezaron rescatando el cine de autor, con productos como el Twin Peaks de David Lynch. Y porque han sabido cultivar con renovados instrumentos la costumbre de contar historias, que es vieja como la misma Humanidad.

Hay dos maneras de ver series. Una es consumiéndolas en las dosis prescritas por la industria televisiva; es decir, un capítulo cada semana, el mismo día a la misma hora, mientras dura la temporada. La otra es por sobredosis, zampándose dos o tres o cuatro episodios de corrido, una vez ha terminado ya la temporada y están todos disponibles en DVD.

La primera manera es la ­propia de un género que se funda en el componente adictivo, motivo por el que se confeccionan episodios a cuyo término el espectador debe quedar en vilo. La segunda manera satisface más y mejor a los consumidores un poco glotones.

A mi modo de ver, el segundo modelo –el atracón– presenta varias ventajas. La primera es la autonomía del espectador, que así puede organizar su ocio y, de paso, se ahorra la publicidad que suele aderezar, por delante y por detrás, toda serie de éxito. La segunda es que nos invita a disfrutar de varios episodios consecutivos mientras la serie conserva su ritmo y atractivo, pero también nos ayuda a abandonarla sin manías cuando empieza a repetir sus trucos o a demorarse en meandros narrativos. Algo que casi siempre acaba por ocurrir, porque cuanto más engancha una serie en sus capítulos iniciales, más intentan alargarla sus productores y más obvia es su decadencia.

Nada dura para siempre. Ni siquiera las series. Ni, tampoco, la capacidad para darnos atracones sin hastiarnos o pagar por los excesos. Pero, mientras se pueda, ¡carpe diem!

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 12 de abril de 2015)