Personas a las que respeto –me incluyo en el grupo– asistimos a la regresión de los valores democráticos entre asombradas, incrédulas y pasivas. Nos cuesta admitir que demonios familiares que creíamos enterrados estén saliendo de sus tumbas y vaguen por ahí cual zombis. Parece como si hubiéramos olvidado que nuestros abuelos lucharon contra mortíferos excesos del poder y odios cainitas, gritaron “nunca jamás” y luego se reconciliaron.
Este asombro y esta incredulidad son comprensibles. Pero deberán ir acompañados de la acción si aspiramos a defender el sistema político en el que hemos crecido y del que aún disfrutamos. Los síntomas de la enfermedad son tan numerosos y obvios que si algún día las cosas se tuercen del todo ya nadie podrá alegar ignorancia para justificar su inacción. Sin embargo, no se aprecia una reacción briosa. Es como si el período de bonanza que en líneas generales ha vivido el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hubiera tenido un efecto indeseado, dejándonos primero relajados y después pasmados e inertes.
Trump acaba de forzar la dimisión de Jeff Sessions, el fiscal general de EE.UU. que investigaba su más que sospechosa relación con el Rusiagate. Gran Bretaña avanza a trompicones hacia el Brexit. La extrema derecha asoma descarada en sociedades avanzadas, incluso en Alemania, a la que pervirtió no hace tantos años. Los gobernantes italianos asisten indiferentes a la catástrofe humanitaria de las pateras mientras califican de chacales y putas a los periodistas que se limitan a trabajar: informar y controlar al poder. Entretanto, los presidentes de la Generalitat repiten, con epítetos cada día más gruesos, que todos los males de Catalunya vienen de España. Son actitudes y problemas distintos, pero coinciden en el tiempo y el tono. Y tras todos ellos operan unos gobernantes formalmente democráticos que a veces se comportan como hooligans autoritarios o excluyentes.
En su reciente El camino hacia la no libertad, Timothy Snyder documenta los riesgos a los que se expone la democracia liberal, señala a Vladímir Putin como un peligro para dicho sistema y alerta –a ver si les suena– contra “los políticos que ordenan a sus ciudadanos que sientan entusiasmo e indignación de forma intermitente”... Luego ese poder rematará la faena fomentando –por activa o por pasiva– la desigualdad, la sustitución de la política por la propaganda y la falaz atribución a quienes se oponen a tal deriva de todas las faltas y mentiras propias.
Es urgente invertir esta dinámica. Pese a los nubarrones, hay motivos para el optimismo. Eso es lo que sostiene, sobre un océano de datos, Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración. Pero es preciso que todos participemos en esa defensa. Está muy bien que los jóvenes quieran ser youtubers. Pero si no secundan la batalla por la democracia el mundo que un día nos contarán en sus vídeos no les va a gustar ni a ellos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de noviembre de 2018)