Desde que el juicio del procés quedó visto para sentencia en junio, y hasta que se produzca su fallo, quizás en octubre, los catalanes disfrutamos de un paréntesis de relativa tranquilidad política. Las vacaciones ayudan. Y el compás de espera dictado por el Supremo hace el resto. Pero los motores del independentismo, la ANC y Òmnium, siguen en marcha.
Tras cinco años de procés, con resultados magros para el independentismo en general y muy penosos para sus dirigentes encausados, tras dos años de postprocés marcados por la división soberanista, la reducción de la Generalitat a oficina de agitprop partidista y la lenta pero imparable acción judicial, el independentismo fijó sus esperanzas en el momentum. Esto es, en la coyuntura y el estado de opinión que propicien la sentencia judicial. Al respecto, el presidente Torra nos repite que sólo aceptará esa sentencia si es absolu­toria, como si estuviera en su mano con­dicionar la justicia o desacatarla. Pero ahora, y a falta de ideas o talentos propios, su mayor baza para llevar adelante el proceso independentista es una sentencia condenatoria.
Hace tiempo que Torra cuenta este cuento de la lechera: una condena encenderá el país y ganará apoyos para el independentismo. Será entonces el momento de convocar elecciones catalanas anticipadas, y de que el independentismo, dopado con una sobredosis de indignación, supere sus marcas. 
El president cree que todos los astros se alinearán. Que habrá una nueva mayoría indepe, que habrá un control efectivo del territorio, que los Mossos acatarán toda orden suya y que Europa le aplaudirá. Nada de eso ha sucedido todavía. Al contrario: las mayorías son hoy las que son, altos cargos de los Mossos revelaron sus planes para detener al Govern si la autoridad judicial lo pedía, y la internacionalización del conflicto catalán –razón aducida por Puigdemont para expatriarse sigilosamente mientras sus colegas afrontaban sus responsabilidades– fracasó.
Esas han sido algunas de las limitaciones del procés hasta aquí. Pero no quiero ahora fijarme en ellas, sino en el principal material de construcción que maneja la dirigencia independentista para sumar seguidores que le permitan coronar su proyecto: los sentimientos exaltados, la dignidad ofendida y un berrinche que se quiere colectivo y de efectos contagiosos. Es también por ello que Torra y las entidades independentistas basan su estrategia en la queja y el victimismo. En la queja contra un Estado cuya democracia y cuya justicia critican y desprecian, pese a que operan como en otros países avanzados. Y en la presentación de sus propias acciones como un dechado de conducta democrática y pacífica, de libertades reprimidas con extrema saña, evitando cualquier mención a que el enjuiciamiento de sus líderes no se deriva de sus ideas sino de sus actos.
Sin embargo, ni la democracia española es abominable ni el independentismo es irreprochable. Ese plan para ganar apoyos más basados en el despecho o la ira que en la reflexión presenta un defecto original. Equivale a admitir que la razón no ha bastado para convencer a la mayoría de los catalanes. Y que, en su defecto, se apelará al sentimiento de indignación, fantaseando con que tendrá más eficacia que la razón.
“Se puede tener por compañera a la fantasía, pero se debe tener por guía a la razón”, nos advirtió Samuel Johnson. Por desgracia, la Generalitat y las entidades independentistas son terreno baldío para semejantes advertencias: quieren llevar a los catalanes por el camino opuesto. Exaltan el sentimentalismo de la masa. Justifican el acoso y el insulto a los rivales políticos que cometen los suyos, como se vio en el paseíllo por la plaza Sant Jaume del nuevo equipo municipal barcelonés. Y protagonizan –caso de Torra– episodios caciquiles, tipo el de Santa Coloma de Farners. Como si el fin justificara los medios.
También con esos materiales se está construyendo ahora el momentum. Con esos y con la tradicional división entre las dos grandes fuerzas indepes, ERC y PDECat. Por no hablar de la de este último partido, que no se aclara sobre su nombre –PDECat, JxC, Crida–, ni sobre su liderato ni sobre su estrategia ni sobre su programa ni sobre la velocidad a que desea aplicarlo. Es tal el desconcierto que se ha abierto también en su seno el debate sobre si conviene aprovechar la sentencia del Tribunal Supremo para convocar elecciones anticipadas y crear el gran momentum o si al partido no le convienen hasta que sepa quién es, qué quiere, cómo y cuándo. Sin duda, antaño hubo en este país líderes más competentes que los que ahora se fastidian entre sí –y nos fastidian a todos– so pretexto de que lo llevan a su hora gloriosa. ¡Felices vacaciones!

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de agosto de 2019)