Arroz y trigo

10.08.2014 | Opinión

Los occidentales tienen una mentalidad más individualista, analítica y abstracta que los orientales, cuya cultura fomentaría, por el contrario, una mentalidad más disciplinada y colectivista. Esta afirmación tiene un componente tópico, pero no carece de base real. Estados Unidos gusta de presentarse como la tierra de las oportunidades, donde cualquier emprendedor puede hacer fortuna a su manera. En cambio, a un chino maoísta se le exigía que se sacrificara de sol a sol por la comunidad, sin dejar de sonreír; y a un japonés todavía se le pide hoy que respete la tradición y sepa qué tipo de reverencia tiene que repetir ante sus jefes en cada circunstancia.

Los científicos, que, con buen criterio, intentan averiguar siempre el porqué de las cosas, han barajado diversas hipótesis para explicar esa diferencia de mentalidad entre Occidente y Oriente. Unos la atribuyen a la modernización social, que promovió el individualismo. Otros, a las plagas infecciosas, que habrían desaconsejado el contacto con extranjeros a las comunidades orientales, cohesionándolas. Pero científicos de la Universidad de Virginia han desarrollado en la revista “Science” otra hipótesis, relacionando esa divergencia de mentalidades con la agricultura característica de cada zona. Su argumentación nos recuerda que el cultivo del arroz requería, antes de la mecanización del campo, el doble de tiempo que el del trigo y que, por tanto, en las sociedades arroceras, mayoritarias en el Este, los campesinos se veían obligados a ayudarse mutuamente en pos de una idea central, actuar al alimón y, en definitiva, pensar menos por su cuenta.

En Catalunya, la producción de trigo se acerca al millón y medio de toneladas anuales, ocupa grandes extensiones de Lleida y está también presente en las provincias de Barcelona, Girona y Tarragona. Es, por tanto, diez veces superior a la de arroz, que se concentra en el delta del Ebro y, en mucha menor medida, en el Empordà. Si sumáramos a la cosecha de trigo las de cebada, maíz y avena, la producción conjunta de estos cereales sería veinte veces superior a la arrocera.

Sin embargo, y pese a que el amor al pan con jamón no excluye la debilidad por el “arròs a la cassola”, ni viceversa, no dejan de progresar en Catalunya los partidos soberanistas. Es decir, aquellos que, aduciendo la cerrazón del Gobierno (y callando su incapacidad para darle la vuelta), han reducido su discurso político a una idea –el logro de la independencia–, como si no cupiera en su agenda política para los catalanes ni en su mente otro objetivo. Como si la independencia fuera per se la solución a todos los problemas de nuestra sociedad, la panacea universal. Como si fuera aconsejable prescindir de una mentalidad analítica y, por tanto, crítica ante cualquier dictado. Como si el filósofo francés Alain no nos hubiera advertido ya de que “nada hay más peligroso que tener una idea cuando se tiene sólo una”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 10 de agosto de 2014)