Arquitectos e ingenieros

30.03.2014 | Opinión

Arquitectos e ingenieros pasan por ser colectivos a la greña. Es cierto que discrepan sobre cómo abordar las obras; y que a veces compiten por una misma porción del pastel (lo que no mejora su relación). Pero establecer diferencias insalvables entre ambos colectivos resulta absurdo. Es más razonable establecerlas entre los buenos profesionales y los malos, vengan del gremio que vengan.

Esta semana he podido escuchar en Madrid a destacados arquitectos e ingenieros, algunas de cuyas ideas citaré aquí. El martes, durante un acto en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, les preguntaron a tes grandes arquitectos cómo les gustaría ser recordados. No es fácil, para quien ha llevado una vida plena, contestara a esa pregunta. Una vida son mil cosas. O cien mil. Pero los tres hicieron un esfuerzo de síntesis. “Me gustaría ser recordado -contestó Oriol Bohigas- por mi labor como arquitecto que da forma a la ciudad. Porque la ciudad, pese a lo que se diga, no es la gente, sino la piedra que formaliza su espacio público y privado”. “Me gustaría ser recordado -dijo Rafael Moneo- por intentar transmitir a mis estudiantes la razón por la que la arquitectura adquiere una forma u otra, puesto que los edificios no son objetos autónomos, sino inscritos en el ámbito superior de la ciudad”. Y Juan Navarro Baldeweg añadió: “Cualquier casa que dibujemos está dentro de otra casa mayor, la casa universal, hecha de luz y energía, de todo, que es la que me ha interesado como arquitecto”.

De estas tres ideas se desprenden otras relacionadas con el compromiso personal frente a la complejidad del mundo, cuya consideración justificó con creces mi visita a la docta institución. No diré que todas sus sesiones sean memorables. Cuentan que al compositor Luis de Pablo un presunto colega académico le preguntó cómo era posible que le gustara la música contemporánea. A lo que De Pablo, didáctico y templado, contestó que todo se reducía a oír, oír y oír, a escuchar, escuchar y escuchar.

Tanto en la ignorancia de ese académico sordo como en la pesquisa vital de Baldeweg asoma, con distinto matiz, la idea de misterio. Diríase que arquitectos e ingenieros no son proclives al misterio. Pero quienes destacan en estas profesiones suelen serlo. “Tengo presente en mi quehacer una frase de Heidegger: serenidad para con las cosas y apertura al misterio”, me confió al poco de la sesión académica el ingeniero Julio Martínez Calzón, en cuyo discurso esclarecedor se armonizan conceptos filosóficos y tecnológicos. A su vez, el ingeniero Javier Manterola me dijo: “En esta profesión nos atrae el reto, el camino inexplorado y el deseo de hacer lo que todavía no sabemos que podemos hacer, basándonos en el conocimiento de nosotros mismos”.

Arquitectos e ingenieros: la línea divisoria no está, ciertamente, en su título universitario, sino en cómo oyen y escuchan. En cómo piensan, hablan y actúan.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 30 de marzo de 2014)