Aquella democracia

27.09.2015 | Opinión

Lleva a Grecia en el corazón y sufrirás un infarto. Hace tres años inicié un artículo con esta misma frase, de inigualable contundencia, que extraje del libro de Nikos Dimou ·La desgracia de ser griego” (Anagrama). Con semejante título no hace falta que me extienda mucho sobre el contenido de dicha obra. Me limitaré a recordar que describe en 193 aforismos el drama de un pueblo que lo fue todo y que ahora es muy poco. De un pueblo atrapado en un bucle decadente, que el domingo pasado acudió desganado a las urnas, en parte porque era la tercera vez que lo hacía en ocho meses; y, en parte, porque el ganador, fuera quien fuera, no tendría más remedio ni prioridad que aplicar la política de ajustes dictada por la Unión Europea. Grecia sigue siendo, formalmente, un estado soberano. Sin embargo, su soberanía no existe.

Dimou publicó su libro hace cuarenta años, tras la caída del régimen de los coroneles. Era, pues, un momento de cierta esperanza. Pero su obra estaba coronada ya por un halo de pesimismo. Este año, el helenista español Pedro Olalla ha publicado “Grecia en el aire” (El Acantilado). La coyuntura griega induce ahora al pesimismo. No obstante, hay en esta obra cierto optimismo, el de quien se sabe asistido por la razón histórica y no flaquea ante la adversidad.

El libro de Olalla navega con pulso firme por un océano temporal de dos milenios y medio. combina una reivindicación de la primigenia democracia ateniense, la de Solón y Pericles, con un grito de revuelta ante los dictados de la troica que asfixian a los griegos. Y lo hace mediante un paseo, de precisa toponimia, por los escenarios físicos reales de la Atenas de hoy, también por su historia, done pervive el recuerdo del nacimiento de la democracia y se anhela suplen recuperación.

Hablamos con tanta frecuencia y ligereza de la democracia que hemos olvidado ya su senido original. Hoy se utiliza este término para denominar un sistema político dominado por intereses económicos globales y carcomido por las corrupciones locales. Y se usa también, por ejemplo en Catalunya, para justificar ambiciones de parte. Olalla nos recuerda que democracia nace para defender lo inherente al hombre, su búsqueda de lo universal; que tenía por objetivo lograr que el conjunto de la sociedad determinara lo que es justo y conveniente. Y que sólo se verificaba cuando todos los ciudadanos y todos los estratos sociales participaban en la definición del bien común. Suena a cuento de hadas. Pro fue la realidad que persiguieron -y durante un tiempo gozaron- sus fundadores.

En vista del panorama actual, Olalla concluye que la humanidad afronta hoy dos grandes retos: conseguir una mejor distribución de la riqueza y del poder. Tiene razón. Pero eso sólo será viable cuando el ciudadano crítico dé el relevo al consumidor indolente. Cuando lo razonable se imponga sobre lo ilusorio.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de septiembre de 2015)