El presente. Estamos asistiendo a una veloz –y largo tiempo aplazada– depuración del concepto de ejemplaridad pública. Algunas conductas antaño toleradas a los más encumbrados, o ante las que se hacía la vista gorda, ya no se toleran. Y es bueno que así sea.

El pasado. Alfonso XIII se exilió en 1931 y falleció en 1941 en Roma. Su hijo don Juan de Borbón, padre del rey emérito, vivió discretamente en Estoril, contando con el auxilio económico de monárquicos o adinerados. El rey Juan Carlos I –que nació en la capital italiana, vivió la infancia con moderada holgura y llegó a la jefatura del Estado de la incómoda mano de Franco– nunca descartó acabar exiliado, como su abuelo y su padre. Es comprensible que tratara, llegado el caso, de poder disociar el exilio de sus penurias económicas. Pero no lo sería que a tal fin hubiera recurrido a métodos fuera de la ley.

El futuro. La historia económica del emérito está por escribir. Pero su hijo, el rey Felipe VI, parece empeñado en que la suya no ocupe un libro voluminoso. En su proclamación anunció “una conducta íntegra, honesta y transparente”. Luego pasó de la teoría a la práctica: la shakespeariana poda del árbol familiar que ha acometido –primero, la rama de su hermana Cristina, casada con el temerario e incauto Urdangarin; después, la paterna– le otorga credibilidad.

Otro futuro. Si la lupa que se aplica a la familia real se pusiera sobre el conjunto de la sociedad, con el propósito de eliminar toda irregularidad económica pública o privada, todo abuso de posición, España vislumbraría una etapa de pujanza inimaginable en la coyuntura actual.

Comisiones. Las comisiones son moneda corriente en los negocios. Los intermediarios que consiguen un contrato pueden embolsarse un sustancioso porcentaje de su monto, con la  aquiescencia de quienes por su mediación lo obtienen. Pero no es equiparable un comisionista privado a otro con representatividad estatal.

El AVE a La Meca. En el 2011, el logro por parte de un consorcio empresarial español del contrato del AVE Medina-La Meca fue muy celebrado. El papel en esta operación de Juan Carlos I fue percibido como el del mejor embajador del país. Los halagos que recibió fueron muchos y taparon cualquier reproche, si hubo alguno.

Esto y lo otro. Unas presuntas irregularidades económicas no anulan una vida de servicio al Estado, como la del emérito. Pueden deslucirla y privarla de ejemplaridad. Pero no anulan méritos previos. Deberíamos saber valorar por separado cada  episodio vital del emérito. Acaso ayudaría a ello poder tratar el tema en el Congreso.
Lo mejor y lo peor. Algunos humanos son capaces de lo mejor y de lo peor. Otros, sólo de lo peor. Otros –son los más necesarios–, sólo de lo mejor. Pero un número excesivo de humanos viven en la mediocridad, desde la que a veces se pronuncian con una estridencia inversamente proporcional a su ecuanimidad y su valía.

Derribos. El derribo tumultuoso de una figura o una institución no garantiza una alternativa mejor. Es aconsejable perfilar y cimentar bien dicha alternativa, antes de proceder al derribo de lo anterior.

El sistema. Si se probaran conductas delictivas del emérito, estas serían atribuibles a él personalmente, no a la institución que tantos años ha encabezado. No carece de lógica considerar la monarquía un sistema anacrónico. Pero anacrónico no es sinónimo de obsoleto o caduco. Como se ha recordado, Holanda, Dinamarca o Noruega son otros países europeos con monarquías parlamentarias, cuya calidad democrática no se discute.

Neutralidad. ¿Sería deseable, cuando ya la presidencia del Gobierno se somete a disputa partidista, duplicar tal disputa para elegir un presidente de la república? ¿No es preferible que el jefe del Estado conserve su neutralidad?

Amigos de la república. En Europa, una república no es per se mejor que una monarquía. Entre sus defensores aquí hay viejos comunistas y reaccionarios disfrazados de liberal. Sus fines son varios, pero todos presentan la república cual panacea. A ellos se unen los indepes, que asocian presuntas fechorías del emérito a la monarquía, con el grosero e indisimulado afán de contraponerlas a la virtud de la inexistente república catalana.

Enemigo de la Corona. Ciertos republicanos son un peligro para la Corona. Pero esta no puede tener peor enemigo que quien la desprestigia al representarla.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de agosto de 2020)