La etapa preelectoral debería ser la ocasión para que los candidatos expusieran civilizadamente sus programas, para que los electores los cotejaran y eligieran el más acorde a sus prioridades. Pero no es así. Muchos políticos la convierten en un extenuante rosario de pullas al rival, sin garantía de cumplimiento de las propias promesas ni previsión de sanciones si no se llevan a cabo. De modo que si uno toma apuntes de lo que oye y ve en campaña, puede terminar escribiendo un artículo como este, con muchas sombras... y un rayo de esperanza al final.
El pasado siempre vuelve. El espíritu de la Contrarreforma española es como un muerto viviente. No hay quien acabe con él. En su pugilato carca ante el 28-A, los partidos de la derecha parecen querer llegar al futuro escarbando en el pasado. Proponen la recentralización del Estado y el ocaso de las autonomías. Sugieren la restricción del aborto. Agitan el espantajo de la difunta ETA... Cualquier día suspirarán por la ley del talión. Entre tanto, las urgencias se acumulan, desatendidas. La revolución digital genera unos días ilusión y otros, miedo. La lucha contra el cambio climático cojea. La precariedad ha expulsado a una generación de españoles del ciclo de la producción y el consumo (y toda la economía se resentirá por ello). Europa, barrida por la tormenta populista, ya no es un puerto seguro. Y cuando se reclama la regulación de la eutanasia –para evitar casos como el de Carrasco y Hernández–, el líder de Vox bromea sin gracia alguna: “En Suecia (donde la eutanasia es legal) los ancianos salen corriendo de los hospitales por miedo a que acaben con ellos”. ¿Ignorancia? ¿Mala fe? En todo caso, mentira.
Aún se puede ir a peor. Quim Torra lo sabe y sigue esforzándose. Esta apreciación no es exclusiva de los no independentistas: se extiende ya entre el soberanismo, de la mano de la vergüenza ajena. Su activismo, legítimo en la calle, es abusivo en una institución que debe ser de todos. Se ufana de sus lazos con los CDR, desaira a los Mossos y se empecina y lía con las pancartas de Palau. La inoperancia del Govern, entregado a la propaganda y el folklore, pero incapaz de aprobar presupuestos, relanzar la L9 o sacar adelante el decreto de la vivienda, acerca a Torra al título de peor presidente de la Generalitat. Al tiempo, propicia el declive de la institución y, de paso, de la imagen de los catalanes. Con su inacción, el Govern lanza un pésimo anuncio electoral. Sólo hay un motivo para no relevar a Torra: el temor empíricamente fundado a que el sustituto –ya pasó cuando Mas designó a Puigdemont y este, a Torra– sea peor que el sustituido.
Los errores se pagan (I). A la espera de lo que digan las urnas –la única encuesta fiable–, el último sondeo del CIS indica que ERC doblaría sus escaños en el Congreso de los Diputados (hasta 18) y que JxCat no pasaría de 5. Si así fuera, el electorado soberanista elegiría la estrategia medida y gradual de Junqueras y desdeñaría la cargante descalificación del contrario que practican Puigdemont y su vicario, ambos refractarios a la autocrítica. El intento rupturista del 2017 fue un ejemplo de imprudencia, atolondramiento y torpeza, además de una ilegalidad. En los días exaltados y ruidosos de estos siete años de procés –¡siete ya!– los estoicos buscaron consuelo en la idea de que, inexorablemente, llega el día en que los errores se pagan. Las encuestas anuncian que el 28-A vencerá un primer pago.
Los errores se pagan (II). Tampoco le va bien en el sondeo del CIS al PP, que podría perder la mitad de sus 137 escaños (o un 40% según la encuesta de La Vanguardia). Encabezado por Rajoy, fue el responsable, junto al aventurismo de Artur Mas y a la agitación azuzada por la ANC y Òmnium, del deterioro de la relación Catalunya-España y de la polarización catalana. En lugar de corregir los errores de Rajoy, el impetuoso y deslenguado –mala combinación– Casado extrema su discurso. Resultado: mientras por un flanco cede a Vox el voto ultraderechista, que antes abrigaba al PP, por el otro, por el boquete de sus corrupciones, ha perdido apoyos de la derecha reformista, rumbo a Ciudadanos. Y una guinda: Casado sopesó el miércoles una promesa electoral suicida, ¡la bajada del salario mínimo! ¿Quién es el orate que aconseja al joven candidato?
Cuando más oscuro está es antes de amanecer, dijo el clásico. En él confiamos. Las expectativas del CIS para un PSOE tirando a conciliador son buenas, acaso más de lo que será la realidad. Marta Pascal ya se atrevió a defender al convergente clásico, para escándalo de los convergentes mutantes teledirigidos desde Waterloo. Y quizás ERC, que de palabra dice estar por el pragmatismo y el pacto, se decida pronto a estarlo también de hecho. Entre tanto, vayamos todos a votar el 28-A. Y votemos, si no les parece una extravagancia, por quienes ­desean resolver problemas, no por quienes los eternizarían.

(Publicado en "La Vanguardia" el 14 de abril de 2019)