A la cantante británica Adele acaban de regañarla en las redes. Días atrás colgó en Instagram una foto vestida para ir al carnaval de Notting Hill. Su atuendo se componía de unos ceñidos pantalones azules que parecían estampados a la lejía, un top de bikini con la bandera de Jamaica (un aspa amarilla que delimita cuatro triángulos, negros y verdes), una cadena de oro al cuello y un peinado bantú de trencillas anudadas, rematado con plumas amarillas.
De esa guisa, era previsible que recibiera críticas. Aunque su destino fuera un carnaval, y aunque el de Notting Hill sea este año virtual debido a la pandemia, el vestuario de Adele daba que hablar. Pero no fueron cuestiones de gusto o estilo las que generaron críticas, sino otras relacionadas con supuestas conductas poscoloniales. Adele, según sus detractores, habría incurrido en un caso flagrante de apropiación cultural, al peinarse como las bantúes sin ser bantú. 
Para los que no estén familiarizados con este asunto, recordaré que la apropiación cultural es, según sus denunciantes, la fea costumbre de usar elementos, por ejemplo indumentarios, de una cultura que no es la propia. Si los elementos adoptados pertenecen a una cultura minoritaria y quien los adopta se encuadra en una cultura dominante, la cosa se considera reprobable. Porque dicen que así se reutiliza lo que define una identidad racial ajena con criterios banales, frívolos o exóticos, disociándola de las injusticias y penalidades del Tercer Mundo. Si la adopción se produce en sentido contrario, la cosa causa menos recelos. Quizás algunos la calificarían incluso de legítima expresión aspiracional.
Este caso carnavalesco me sugiere tres comentarios. Primero: el uso de las redes favorece a las celebridades, pero también distorsiona su perfil. Para algunos, lo relevante de Adele ya no es que sea una cantante y compositora de gran éxito –inspirada en Etta James o Ella Fitzgerald, y con la cifra récord de 4,7 millones de discos vendidos en lo que va de siglo en el Reino Unido– sino que un día se peinó así o asá. Segundo: Adele, que en los últimos meses se propuso –y logró– adelgazar unos 50 kilos, quizás hubiera agradecido que ciertos fans se fijaran más en su recuperada cintura que en su peinado. Tercero: no debemos descartar que el disfraz de Adele haga más por las relaciones interculturales, por romper barreras, por incluir e integrar, que la rigidez de los activistas que lo censuran.
Años atrás, en Montreal, presencié el desfile de una unidad militar canadiense que incluía banda de gaiteros con falda escocesa, integrada por afroamericanos. No se trataba de un baile de disfraces, sino de una expresión de multiculturalismo e inclusión que enorgullecía al Gobierno del Canadá, quizás también a algún gaitero. La convivencia y el roce tienen estas cosas. Y también otras mucho peores, en las que sería más pertinente centrar los esfuerzos redentores.

(Publicado en "La Vanguardia" el 6 de septiembre de 2020)