La hipocondría vive tiempos de esplendor. La preocupación obsesiva por la propia salud se extiende. La pandemia le ha dado alas. Una febrícula, una cefalea, un leve ahogo respiratorio, esa pérdida pasajera del olfato que antes asociábamos a un resfriado sin importancia parecen anunciarnos ahora la inminente visita de la parca. No es de extrañar. Todos tenemos familiares o amigos que han enfermado debido al coronavirus. O que han fallecido. Incluso quienes no conocen personalmente a ninguna víctima saben lo que ha ocurrido en tantas residencias de ancianos. Por si cupieran dudas, las autoridades sanitarias refrescan a diario el macabro contador de infectados y fallecidos. Además, el hipocondríaco también pone de su parte: da por hecho que esa lista de bajas, al igual que el presupuesto de la sanidad pública, ha sido sometida a ­recortes.
Pongámonos en lo mejor. Supongamos que uno mismo todavía no se ha contagiado. Muy bien. Pero, aun así, el hipocondriaco sabrá hallar otros motivos de preocupación y se hará preguntas. Por ejemplo: ¿alguien se atreverá a afirmar que la amenaza de infarto o de ictus o de cáncer (ese cáncer que nos corroe silenciosamente por dentro) decae por el mero hecho de que la Covid-19 está que se sale como causa de mortandad? ¿No siguen pendiendo de un hilo sobre nuestras cabezas, aunque estemos agazapados en la madriguera, esas espadas de Damocles? Y si alguna de ellas cae, nos alcanza y nos obliga a salir corriendo hacia el servicio de urgencias, ¿qué nivel de saturación hallaremos en el hospital que nos acoja? ¿Qué riesgos suplementarios correremos allí? ¿Saldremos aliviados, tras comprobar que nuestros síntomas eran un nuevo fruto de la hipocondría, para descubrir a los pocos días de volver a casa que hemos pillado el maldito bicho en el centro hospitalario?
Efectivamente, la hipocondría vive tiempos de apogeo, de máxima intensidad. Pero debemos admitir que alguna razón llevan los hipocondríacos. En primer lugar, porque la Covid-19 ha tenido un debut arrollador, global y todavía incontrolado, que ensancha los temores colectivos. Y en segundo, porque –no lo olvidemos– en todo hipocondríaco hay un augur, un visionario. A largo plazo nunca se equivoca: sus últimos miedos siempre demuestran tener fundamento.
Los sabios nos han advertido de que la extrema conciencia del cuerpo suele ser fruto del ocio y del aburrimiento, y que estos pueden conducir a la hipocondría. El consejo del doctor Moix para evitarla sería, por tanto, que se entretengan en las amenidades del día a día, por menores y confinadas que parezcan, y no se fijen más en su cuerpo. ¿Cómo hacerlo? Un cómico de EE.UU. recetaba, a tal fin, lo siguiente: lo mejor para superar la hipocondría es olvidarse del propio cuerpo e interesarse por el de otra persona. Ya no digo más.

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de abril de 2020)