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Aparcamiento con vistas

30.01.2016 | Crítica de arquitectura

Aparcamiento de Saint Roch

Arquitectos: Archikubik

Ubicación: Montpellier. Junto a la estación de Saint Roch

 

Hacia 2004, el despacho Archikubik empezó a explorar el territorio francés. Esta es hoy una práctica corriente entre los estudios barceloneses que, asfixiados por la crisis, buscan oxígeno en el extranjero. Entonces lo era menos. La condición pionera y la habilidad profesional han permitido a Archikubik completar ya tres edificios de viviendas en los alrededores de París –uno de ellos, en Ivry-sur-Seine, premiado con el FAD internacional 2015-, tener otros cinco en desarrollo y elaborar varios planes urbanos en Francia.

Pero el trabajo más peculiar de este equipo formado por Miquel Lacasta, Carmen Santana y Marc Chamalanch quizás sea el aparcamiento de Saint Roch, junto a la estación del TGV de Montpellier, inaugurado en junio pasado. A primera vista, parece un gran ladrillo tumbado de nueve plantas. Pero, al visitarlo, se aprecia un edificio concebido y ejecutado con inteligencia, además de reciclable para otros usos.

El encargo consistía en almacenar hasta 850 coches entre la playa de vías de Saint Roch y una céntrica área en transformación, en un solar curvado de 175 metros de largo por 16 de ancho. La primera decisión de Archikubik fue atenuar el impacto de este gran volumen, convirtiéndolo en un conector urbano. Esto se logra con una calle elevada, en la primera planta, con vocación de espacio público, que partiendo de la estación rodea el edificio, lo atraviesa y seguirá por una pasarela –aún no construida– de acceso al barrio situado al otro lado de las vías. También con siete grandes balcones enmarcados en hormigón, que rompen la fachada al centro urbano. Y, sobre todo, con una novena planta a cielo abierto –apenas cubierta ahora por trepadoras–, que es un espléndido mirador ciudadano.

Con todo, el elemento más característico de esta obra es su piel: un tejido cerámico flexbrick de 8.000 metros cuadrados de superficie. Este tipo de malla metálica en la que se insertan losas de arcilla –aquí, 190.000, de color hueso, teja y burdeos, al tresbolillo– genera sombra en el interior y ejerce como celosía, de rigor en un edificio habitado por los coches y sus gases. Le da también cierta vibración. Y favorece su carácter cambiante: de día puede parecer un tanto ensimismado, aunque acorde con los colores del entorno; de noche gana transparencia y subraya su estructura y sus luces interiores.

El aparcamiento de Saint Roch es una mole con algún retranqueo, rematada en su extremo por el contundente tambor de la doble rampa helicoidal que conecta las plantas. En el otro extremo presenta hoy una fachada que ganará cuando la vegetación vaya cubriendo sus gruesos cantos, y cuando se adecente la desordenada entrega de la estación. Aún así, esta obra constituye en su conjunto una apreciable aportación a una tipología constructiva dura y desagradecida: es un aparcamiento que casi no lo parece.

Foto de Adrià Goula

(Publicado en “La Vanguardia” el 3o de enero de 2016)