Ampliación del campo de batalla

09.03.2014 | Opinión

Michel Houellebecq debutó como novelista en 1994 con “Extension du domaine de la lutte”. He recordado ese título, que hoy tomo prestado, al leer un artículo de Eduardo Mendoza sobre humor inglés en la revista “Mercurio”. En él, nos habla de las rectorías y las tabernas del XVIII como “ambientes propicios al humor y al ingenio”. Las primeras, porque albergaban a un clero bonachón, “más dado a la comprensión y la sorna que al anatema”. Y las segundas, porque estaban llenas de “impregnadas e impregnados de vahos de alcohol”. Las rectorías, pues, porque ofrecían un observatorio apacible sobre la condición humana. Las tabernas, porque en ellas se alteraba la percepción del entorno, cerveza y ginebra mediantes. En ambos casos, una visión de la realidad distorsionada, pero no por ello imprecisa.

Hoy en día, el campo de batalla humorístico se ha ampliado. Ha crecido tanto que, lejos de ceñirse a rectorías y tabernas, casi ocupa toda la superficie terrestre. El ámbito de las conductas risibles carece de fronteras, y cuanto más públicas son tales conductas y más difusión alcanzan, más gracia nos hacen.

El humor es, según el diccionario, la cualidad consistente en descubrir o mostrar lo que hay de cómico o ridículo en las cosas o en las personas. Pero,

al decir de un amigo que no tiene manías y se ríe de todo el mundo, el humor es ante todo un arma de defensa propia frente a los abusos del poder. Naturalmente, el poderoso suele arrollar al más débil, y hace de él lo que quiere, incluso carne de cañón. Lo cual no impide al débil ver al poderoso como alguien digno de cuchufleta.

La lista de casos risibles, según vemos a diario en la prensa, es larga. El presidente del Gobierno anunciando a la ciudadanía empobrecida que ya todo empieza a ir bien es, por ejemplo, algo gracioso. La noticia de que el extesorero de su partido recibía cada año devoluciones de Hacienda mientras le defraudaba millones de euros es tronchante. La idea, tan querenciosa por estos lares, de que la independencia curará todos los males del país, les resulta a algunos chistosa. La torpeza con que esta cuestión se maneja en Madrid haría reír mucho si no hiciera llorar… No importa por qué página abramos el periódico. En una nos recuerdan –¡ay, qué gracia!– que Rusia va ocupando Crimea para hacerle un favor. En otra, nos sonreímos al saber que el Barça, que arrastra alguna deuda, afronta una ampliación de su estadio de 600 millones. Y así sucesivamente.

Hace veinte años, en su primera novela, Houellebecq escribía: “La sociedad en la que vivo me disgusta; la publicidad me asquea; la información me hace vomitar…”. Viendo la cara que se le ha puesto con los años, yo aconsejo tomárselo todo con algo más de humor. Y sin reprimir sonrisas o carcajadas ante todo aquello que nos las provoca. Al menos, mientras no suene la hora de soluciones más expeditivas.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 9 de marzo de 2014)