Amigos para siempre

31.08.2014 | Opinión

Peret ha ingresado esta semana en el club de los rumberos catalanes muertos. Le precedieron Gato Pérez en 1990 (¡con sólo 39 años!) y Antonio González, “el Pescadilla” en 1999. Con ellos formó Peret el gran trío de la rumba catalana, un género que ha contado con otros practicantes distinguidos, algunos de amplio predicamento, como Los Amaya o Los Manolos, otros de éxito más esquivo, como el eléctrico Ramonet.

Al hablar conjuntamente de Peret y “el Pescadilla” aparecía, de modo recurrente, la discusión relativa a quien merecía el título de inventor o rey de la rumba catalana. Era una discusión comprensible en términos comerciales o publicitarios, pero por lo demás ociosa. Porque, siendo muy distintos, tenían mucho en común. Desde el mestizaje de corrientes musicales en que basaban sus repertorios, hasta una idea de la rumba como banda sonora de las horas festivas y despreocupadas, pasando por los riesgos y percances asociados a estos periodos.

“El Pescadilla”, que nació en el seno de una estirpe flamenca, expandió la fiesta desde los ámbitos familiares hasta los de cierta burguesía, donde se apreciaba la autenticidad y el ímpetu de su son. Peret, hijo de un vendedor ambulante, convirtió la rumba en un género popular, masivo, y a sí mismo en un cantante con público internacional y de edades muy dispares. Gato Pérez, inmigrante y desclasado, llevó la buena nueva de la rumba a una generación musicalmente formada en el rock y a priori refractaria a sus encantos. Todos ellos trabajaron pues con públicos distintos, pero todos acreditaron el poder arrollador de la rumba catalana, y todos gozaron y sufrieron los efectos colaterales de esta música cuya sinergia con el ritual de Baco es notoria. “El Pescadilla”, pongamos por caso, fue siempre sensible a los placeres terrenales –”Lola”, uno de sus temas más arrebatadores, se titulaba previamente “Gloria”–, y amenizó su madurez con vasos colmados de líquido ambarino. (“Ná, unos whiskysisitos al día”, solía responder su esposa, Lola Flores, cuando le preguntaban por la crónica sed del “Pescadilla”).Las farras del joven Peret, anterior a la etapa de orden y pastoreo evangélico, son ya legendarias: se dice que podía salir el viernes por la noche en Barcelona y aparecer al cabo de una semana, sin saber cómo, en Bilbao. (Blanco Herrera, protagonista de su célebre “El muerto vivo”, era entonces, de facto, un heterónimo de Peret). Y Gato Pérez, que pasó no menos horas acodado en la barra de Zeleste que sobre su escenario, tuvo incluso tiempo de teorizar este extremo en su tema “Se fuerza la máquina”: “Se fuerza la máquina, de noche y de día, y el cantante con los músicos se juegan la vida”.

Descansen en paz Peret, “el Pescadilla” y Gato Pérez, todos ya muertos y, a la vez, inmortales. La vida y el afán competitivo a veces les separaron. Pero la parca les ha reunido, ya amigos para siempre, en la cima del arte rumbero catalán.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 31 de agosto de 2014)