Agonía en directo

22.03.2015 | Opinión

Silvio Berlusconi se resiste a abandonar la escena pública. Tras ser absuelto en el juicio por prostitución d menores, relativo a sus amoríos con la llamada Ruby Rompecorazones cuando esta tenía 17 años, el ex primer ministro italiano, ya con 78, ha dicho que estaba dispuesto a regresar a la política. El motivo que le anima, según ha declarado, no sería otro que “construir una Italia mejor, más justa y libre”.

La grase que cierra el párrafo anterior puede interpretarse como un modelo de conducta o como un modelo de desfachatez y sarcasmo. La pronuncia un hombre que en el 2013 fue condenado a cuatro años de cárcel por fraude fiscal; que fue entonces inhabilitado para la acción política durante seis años; que tiene po delante otros procesos judiciales relacionados con presuntos sobornos de senadores, corrupción de testigos, etcétera. Y cuya civilidad acaba de quedar acreditada, de nuevo, al revelarse algunas de sus manifestaciones sobre el pago de más de os millones e euros que habría efectuado a un grupo de veinte mujeres habituales en sus “soirées elegantes” -vulgo, “burga burga”-.

Berlusconi afirmó que esos pagos no eran a cambio de prestaciones sexuales, ni para comprar su discreción respecto a lo que ocurría en aquellas bacanales, sino una compensación por el daño causado a la reputación de las dama por sus vínculos con él. Curiosa manera de exculparse: admitiendo que la mera cercanía a su persona mancha la reputación de cualquiera.

Federico Cecconi, abogado de Berlusconi, remachó el clavo al relativizar todo el asunto con las siguientes palabras, un punto obscenas: “La suma de dos millones debe entenderse en el contexto de un hombre muy rico que paga tres millones de euros al mes a su ex esposa en concepto de pensión”. Dicho de otro modo, ¿qué importa el harén cuando hay una favorita destronada que cobra más que nadie?

Berlusconi ha tenido y tiene tanto poder, tanto dinero, tantas televisiones, tan escaso pudor y tanta impunidad que se está convirtiendo en una víctima de su posición. También en el paradigma de monstruo sin vergüenza fruto del absolutismo mediático. El acceso ilimitado a la escena pública del que durante años se valió para sustentar su fama se está convirtiendo en una trama, según prodiga apariciones en las que cree seguir hipnotizando a una audiencia hastiada por sus ideas cada vez más ofensivas.

En nuestra sociedad muchos harían lo que fuera por unos segundos de gloria televisiva, aun cultivándolos de cualquier manera, con resultados lamentables. Y, en el caso de supradichos como Berlusconi, los cultivan retransmitiendo en riguroso directo su propia agonía mental y social.

“Construir una Italia mejor, más justa y libre”, dice Berlusconi a propósito de lo que le empuja a volee. Error. A eso sólo contribuiría su desaparición, de una vez por todas, de la escena pública.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de marzo)