Estamos de nuevo en campaña electoral. Los candidatos dan mítines en los que proclaman a gritos las virtudes propias y los defectos del rival. Algunos electores (ya convencidos) acuden a palacios de congresos o de deportes para escucharles en directo. Otros, sin duda más, siguen esta pugna dialéctica a través de la prensa o la televisión, con una progresiva sensación de dejà vu y de dejà entendu. Y no pocos llegan a la conclusión de que la política está averiada y toman la decisión –equivocada– de alejarse de ella.
Suele decirse que si no haces política te la hacen. De ahí los riesgos de ese alejamiento. Además, una cosa es no ir a los mítines reducidos a liturgia para fieles y otra es apartarse de la esfera pública donde se cuece nuestro futuro. Hay caminos intermedios, y más instructivos, como por ejemplo asistir a una función de Viejo amigo Cicerón, la obra armada con textos del político y orador romano que programa el Teatro Romea, precisamente, hasta el 10-N.
Esta pieza dirigida por Mario Gas no es una hagiografía de Cicerón, al que se retrata con luces y sombras, con sus humanas contradicciones, sino una evocación de su pensamiento político ambientada en una biblioteca universitaria actual. Más allá de los méritos relativos a la dramatización, la escenografía o la interpretación, esta obra tiene el de invitarnos a abrir foco y observar las pasiones y los juegos políticos en términos genéricos, lejos por ejemplo de las rencillas cainitas que han polarizado la sociedad catalana y parecen abocarla al desastre.
Los tiempos de Cicerón no fueron más pacíficos que los nuestros. Los caracterizaron conspiraciones y golpes militares en los que el autor participó, con suerte dispar: logró que Julio César le indultara, pero no pudo evitar que Antonio le cortara la cabeza y las manos, y exhibiera la primera, para mayor escarnio, en la tribuna de oradores.
Antonio acabó pues con Cicerón. Pero no con su legado intelectual. Termino esta nota con tres citas de su tratado De officiis, que acaso induzcan a la reflexión: “Por encima de todo, es propio del hombre la búsqueda e inquisición de la verdad”. “Máximo derecho, máxima injusticia”. “No aquellos que cometen tropelías, sino quienes impiden que se hagan han de ser considerados valientes y grandes de corazón”. Me temo que en una sociedad dividida como es ahora la nuestra cada cual interpretará las tres sentencias del párrafo anterior a su gusto, convirtiéndolas en pasto de su doctrina. Por si así fuera, terminaré con una de las últimas ideas ciceronianas pronunciadas por Josep Maria Pou sobre las tablas del Romea: “La pregunta es: ¿qué podemos hacer todos juntos?”. Y, a modo de guinda, añadiré una sentencia de otro gigante romano, Marco Aurelio, que abunda y profundiza en la de Cicerón: “Los hombres han nacido los unos para los otros. Instrúyelos o sopórtalos”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de noviembre de 2019)